martes, 9 de agosto de 2011

Curas, a debate



Afirmar que “nadie guarda el celibato” es una generalización injusta, que pone en duda la coherencia e integridad de muchos que sí intentamos vivir lo que hemos profesado.


Por Rafael Velasco (Sacerdote jesuita)


Hace unos días se presentó en la ciudad de Córdoba el libro Cinco curas, en el que se exponen las historias de vida de igual número de sacerdotes que por diversas causas abandonaron el ministerio. El libro intenta someter a discusión varios temas propios de la Iglesia Católica. Inspirado por esas historias, quisiera aportar algunas reflexiones personales.

Sacralización del sacerdote. En la Iglesia Católica, hubo durante mucho tiempo un afán de presentar al sacerdote como una suerte de hombre sacralizado. En el imaginario común, se le atribuía un cierto halo “angelical”, algo así como si no tuvieran tentaciones, como si todo el tiempo pensaran en Dios o en cosas “celestiales” y nada terrenales. Eso, con más o menos matices, se promovió en la formación de muchos seminarios (en algunos, todavía hoy) y desde una estructura eclesial centrada más en el clero que en los laicos.

Esa visión mitológica ha caído. Queda claro que los sacerdotes somos seres humanos comunes y corrientes, ni mejores ni peores que los demás; sólo somos seres humanos que nos hemos sentido llamados a un modo de vida particular, que intenta expresar de manera singular el amor de Dios por todos los hombres y mujeres del mundo.

Sin embargo, me da la impresión de que, a consecuencia de este intento de eliminarle su mitología, ha ocurrido –en particular en los medios de comunicación– que ahora no sólo somos como todos, sino peores que otros: potenciales abusadores de niños, seguramente con una doble vida sexual, ambiciosos.

No niego que hay malos ejemplos, pero creo que estamos en un punto en el que, a raíz de las acusaciones de abusos de menores y otras denuncias, se ha pasado a considerar al sacerdote como alguien más bien sospechoso. Creo que este otro exceso no es bueno y, en algunos casos, su propalación no es inocente.

Afán “normalizador”. Pasamos, entonces, de ese afán sacralizador del sacerdote a un afán “normalizador” en la otra dirección: “deben ser como todos”, “casarse como todos” (separarse como muchos). La razón que se suele esgrimir es que no se pueden desoír los llamados de la naturaleza, en particular en materia sexual y afectiva.

La cuestión da para un análisis pormenorizado. Sin embargo, es claro que una cosa es ser consciente de los deseos y otra es seguir esos deseos; que muchas veces hay pulsiones que son postergadas por una causa que atrae nuestras energías; que es posible sublimar esos deseos en pos de algo que se presenta como valioso e integrador de toda la persona. Eso significa la experiencia de Dios para un consagrado: una experiencia que posee a la persona y la saca de sí para ponerse al servicio de los demás, intentando hacer realidad el reino de justicia que Jesús anunció.

Una vocación. Ese afán normalizador (“que sean como todos”) en el fondo manifiesta bastante desconocimiento de lo que significa una vocación o un carisma dentro de la Iglesia Católica.

Un carisma es un don, una llamada particular. Hay diversos llamados en la Iglesia: uno de ellos es la vida consagrada –que en algunos casos va unida a la ordenación sacerdotal–, cuya vocación es reflejar el amor generoso de Dios que se entrega por todos; se intenta reflejar la pasión por ese reino de Dios que es lo primero; ese reino que se empieza a construir acá en la Tierra trabajando por un mundo más justo, poniendo la palabra y la persona a favor de los que más sufren.
Esta vocación implica no atarse a nadie en exclusiva para poder generar otros lazos de amor con muchos más. Eso implica para el que siente “la llamada”, un deseo que entusiasma y una entrega libre –no una obligación– que relativiza otras relaciones.

Relativizar no es desvalorizar: es poner las cosas en su lugar en relación con “alguien” –Dios– que para uno es más importante, más seductor de toda la persona. “Alguien” que hace que uno se sienta integrado humanamente.

Dado el amor particular que uno siente por Dios y la construcción de ese mundo mejor que anunció Jesús, uno se entrega trabajando por un mundo más profundamente humano. No se niega la propia naturaleza: se la asume como es, aunque se renuncie a expresar el amor humano de determinada manera (la relación de pareja). No se renuncia a amar.

Ahora bien, esto que digo es algo que se experimenta o no se experimenta. Es intransferible, supongo, como es intransferible el sentimiento de dos que se aman profundamente. No hay palabras. Por eso, puede ser hasta irrespetuoso que opine quien no lo ha experimentado.

¿Para todos? Es una discusión pendiente si es una condición para los sacerdotes el celibato o si debiera ser libre para los del clero secular, quienes no se sienten llamados a una vida comunitaria propia de congregaciones y órdenes religiosas.
Por otra parte, afirmar –como alguno lo sugiere en el libro– que “nadie guarda el celibato” es una generalización injusta, que pone en duda la coherencia e integridad de muchos que sí intentamos vivir lo que hemos profesado.

Creo que es valorable quien reconoce que no puede vivir de esa forma y tiene la honestidad de obrar en consecuencia y no vivir así una hipocresía. Pero también es muy valioso el que intenta ser fiel a su vocación y lucha por serlo –como cualquier esposo o esposa– en medio de las innumerables dificultades y tentaciones que ofrece la vida. La opción libre por el celibato tiene sentido vivida a fondo, con sinceridad y alegría, como –no dudo– la viven numerosos sacerdotes.

La Iglesia. Por último, la imagen de Iglesia que surge de algunos de los textos del libro parece manejar un supuesto un poco infantil: que la Iglesia institucional es una suerte de maquinaria maligna, construida para dominar, oprimir y someter.
La Iglesia es una realidad un poco más compleja que eso. Aunque en su praxis muchas veces ha estado del lado de los opresores, sigue siendo de una las instituciones más creíbles. Por algo será. Lleva sobre sí un lastre muy pesado de tradiciones y praxis no del todo evangélicas, pero es también portadora de un anuncio de vida y de esperanza.

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