jueves, 18 de junio de 2009

La política no es broma

Más allá del resultado de estas elecciones legislativas, lo cierto es que el tiempo kirchnerista se está agotando, le guste o no al oficialismo. Casi ningún líder o partido logró retener el poder durante más de una década. Y no hay por qué pensar que estamos hoy ante un hecho diferente en la vida política del país.

Por el Dr. Guillermo Cartasso

El proceso electoral que estamos viviendo se ha convertido en un escenario en el cual lo satírico y la ausencia de profundidad son los personajes centrales.

El comentario común y generalizado de la población sobre los candidatos no pasa por ellos mismos ni por sus propuestas, sino por los imitadores que los caricaturizan en el Gran cuñado. Así, el eje de atracción electoral se trasladó de la realidad hacia la sátira, merced al talento de productores televisivos que vinieron a llenar el bajo nivel de ideas que existe en la vida política. Si no se acepta la tesis de que existe una gran pobreza dirigencial, al menos habría que hablar de la falta de capacidad comunicativa de los candidatos. Esto se percibe a simple vista y lo reflejan los medios de comunicación.

Lo grave no está en el humor, aunque éste pueda ser ridiculizante y eso no resulta aceptable. Lo grave es que los argentinos estamos distrayendo nuestra atención de un momento que podría marcar la historia futura de la Nación.

Más allá del resultado de estas elecciones legislativas, lo cierto es que el tiempo kirchnerista se está agotando, le guste o no al oficialismo. Casi ningún líder o partido logró retener el poder durante más de una década. Y no hay por qué pensar que estamos hoy ante un hecho diferente en la vida política del país.

Hemos pasado por dictaduras, gobiernos populistas, elites iluminadas, presidencias frustradas y todo tipo de desengaños a lo largo de estas últimas décadas. Llevamos casi treinta años de una democracia que, como diría Huntington, es mínima, porque se ha reducido, casi, a la concurrencia a los actos electorales periódicos, en las que se delegaba el poder a un presidente con mayoría parlamentaria, lo que lo convertía en el hombre fuerte del momento.

La experiencia política vivida, en términos de república, es verdaderamente pobre. La elección que hicimos como pueblo en 1853, con el nacimiento de la Constitución nacional, no se condice con la conducta ciudadana de estos últimos ochenta años. Tanta delegación en el presidente de turno, aunque sea por medio del voto, resultó regresiva para el desarrollo de la Nación.

Hoy hay indicios de una mayor participación ciudadana. Pero aún es insuficiente. La cosa pública requiere un compromiso más fuerte por parte de todos. El adormecimiento de la conciencia cívica produce un voto visceral o intuitivo, y la racionalidad política queda relegada a un segundo lugar. Así, nos vamos acostumbrando a ser un pueblo políticamente espasmódico, que delega todo en "el elegido", lo deja casi sin control, le otorga "superpoderes", y luego reclama por el fracaso del cual él mismo tiene una gran cuota de responsabilidad.

La oportunidad histórica que hoy tenemos los argentinos es la de cambiar el rumbo para convertirnos en una república previsible, con reglas de juego claras y con políticas de Estado que sean tales, y no meras medidas coyunturales de gobierno. No es cuestión de esperar el fin de la etapa kirchnerista. Eso sería una pequeñez política. Es cuestión de ver cómo concretamos, entre todos, en un gran acuerdo, el país que proyectamos en nuestra Constitución y que declamamos abiertamente, pero con poco interés real en lo público y, más bien, con una praxis privatista. Se fortalece la democracia representativa con una participación verificable y no latente. No está mal gozar del humor político, pero la hora nos reclama asumir la Nación con nuestra inteligencia y nuestro obrar, con nuestra capacidad de discernir y de ahondar lo político. Si una vez más nos vulgarizamos, habremos perdido esta nueva oportunidad que nos brinda la historia.


Fuente LA NACION
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